Mi trayectoria
Desde mi más temprana infancia, el movimiento es para mí un poco como una lengua materna: una forma más verdadera de expresarme, de leer al otro, de sentir y de comprender la vida a través de sus dinámicas, sus tensiones y sus relajaciones. La danza me condujo hacia el lenguaje del cuerpo. Como una llave, abrió no solo el acceso a mis paisajes interiores, sino que también me ayudó a entrar en relación con el otro, más allá de las palabras. Ya sea bailando en puntas o descalza, rodando por el suelo, girando o cruzando la escena desafiando la gravedad, cada experiencia afinó mi escucha y nutrió mi relación sensible con el movimiento. Con los años, la danza se reveló como un camino de autodescubrimiento, marcado por una búsqueda constante de precisión y justeza, y el placer intenso de bailar en escena, aunque atravesada por cuestionamientos incessantes durante mi práctica profesional. Al transmitir esta llama descubrí un nuevo horizonte. Ver la danza viajar y reinventarse a través de cada alumno me abrió una perspectiva transformada. Impulsada por comprender mejor las disonancias de mi trayectoria como intérprete, creé un espacio donde la audacia y la cordialidad podían coexistir. Acompañando personas con trayectorias y cuerpos muy diferentes, observé cuánto cada una porta en sí una singularidad sagrada en su manera única de habitar el movimiento. Mi deseo de profundizar en la comprensión del movimiento me llevó al mundo académico. La investigación y el análisis cualitativo del movimiento, a través del enfoque Observation-Analyse du Mouvement (OAM), enriquecieron mi mirada y me permitieron tejer un lazo esencial entre la teoría y la práctica, incorporando así plenamente el conocimiento. Hoy, mis proyectos entre la docencia y la investigación convergen en una misma pregunta: ¿qué nos dice el cuerpo cuando se pone en movimiento? Ese murmullo, a veces imperceptible, revela no sólo nuestra esencia humana, sino también el esplendor de cada persona, paisajes únicos que siguen alimentando mí curiosidad y mi fascinación.
Mi encuentro con MUNZ FLOOR®
Aunque el recorrido de una bailarina desarrolla una escucha fina de las sensaciones, MUNZ FLOOR® me ofreció una experiencia única. Desde la primera sesión, lo que me impactó fue ese soltar que induce esta práctica. Pero no como un abandono, sino como una confianza concedida al cuerpo cuando la atención se posa plenamente en el movimiento, sin la voluntad de corregirlo. Guiada únicamente por la voz, en una lentitud fuera de lo común y con trazos en espiral sobre el suelo, me atravesaba una sensación de profundidad, casi infinita. Ese tejido entre una tonalidad específica de la voz del coach, la atención sostenida, la lentitud y las espirales me llevó más allá de todo lo que había conocido, hasta reencontrarme con un espacio interior indescriptiblemente vivo. Poco a poco, el esfuerzo voluntario se disolvió. El cuerpo dejó de ser dirigido por mi mente para dar lugar a respuestas reflejas, espontáneas. Se expresaba otra inteligencia: la del cuerpo en su capacidad de organizarse por sí mismo, liberado de las exigencias de una mente a veces demasiado directiva. Al final de esta primera clase, me habitaba una impresión sencilla pero profunda: yo era, simplemente, yo misma. Sin exceso, sin carencia. Una presencia sobria pero auténtica, en paz.
Mi Acompañamiento
Mi acompañamiento se inscribe en la pedagogía fina del MUNZ FLOOR®, nacida de la visión de Alexandre Munz. Detrás de la aparente simplicidad de esta práctica se abre un camino hacia la sabiduría intuitiva del cuerpo, donde las transformaciones —sutiles o evidentes— nacen en lo más profundo de uno mismo. Desde que estoy certificada en este método, observo que esta resonancia interior puede despertar en toda persona que se deja llevar por el placer de espiralear. Al final de las sesiones, durante los retornos, algo parece más luminoso: las miradas ganan presencia, las voces se suavizan, y los cuerpos muestran que una facilidad en el movimiento es posible. Ser testigo de estas transformaciones silenciosas me procura una alegría serena y nutre mi asombro ante la historia singular de cada presencia que acompaño.